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contrabando de ideas sobre música urbana

Trap es cultura

De vez en cuando, hay que hacer memoria. Todo bien con estar en el presente y vislumbrar el futuro, pero el pasado está siempre ahí, como un maestro que espera ser consultado. Ley universal: si no sabes de dónde vienes, nunca sabrás hacia dónde vas. Entonces, pensemos un poco en el pasado reciente de Chile al abordar el boom de la música urbana. 

“Trap es cultura”, dijo Polimá Westcoast cuando estuvo en Lollapalooza, una frase que, aparte de ser poderosa, resulta muy cierta cuando se analiza con algo de perspectiva histórica. En el mismo festival, Fiskales Ad-Hok, una banda que es patrimonio vivo, usó unas gráficas con personajes nefastos de la derecha y fue objeto de críticas de parte de un segmento de personas, no solamente derechistas sino también los amarillos de siempre, que hicieron gala de su ignorancia sobre la estética provocadora que el punk cultiva hace más de cuarenta años. 

A mí, que tengo 33, la situación con Fiskales me incomodó. Sentí en ella el eco de un Chile que recuerdo vagamente y al que nunca me gustaría volver. Ese país donde a Lalo Meneses de Panteras Negras, un pionero de nuestro rap, lo perseguían los pacos para censurar sus letras. Donde Iron Maiden, una banda que acá prácticamente forma parte del folclor, no tenía permiso para tocar en el país porque la iglesia los encontraba satánicos. Donde no se podía ver la película La última tentación de Cristo, del maestro Martin Scorsese, porque estaba censurada. Donde el fantasma de la dictadura penaba más que ahora.

Cuando escucho trap chileno, en cambio, siento que estamos libres de muchas de esas viejas amarras. Obvio que no vivimos en el paraíso, pero quiero creer que algo hemos avanzado como sociedad. Que existan músicos locales dispuestos a hablar de lo que sea, de “putas, percos y pistolas”, como dice Drago Malfoy, me parece un triunfo de la libertad de expresión por más que a otros les resulte tan chocante como para un facho puede ser la vieja Lucía convertida en una gráfica de show punk. 

El trap chileno se caracteriza por su riqueza: posee una variedad que le permite emanar desde lugares tan distintos como la calle de Pablo Chill-E, la pieza de Princesa Alba, el mundo interior de Gianluca o los demonios de Yung Represalia. Ninguno de ellos, así como ninguno de sus compañeros de generación, se mueve guiado por el miedo a la censura. No hay temor a castigos en su música, nadie lleva grilletes. Chao paqueo. 

Otro tema es si cada persona comulga o no con sus mensajes. La naturaleza explícita del trap resulta chocante para algunos, pero siempre hay que tener en cuenta que la música urbana, desde que existe, cumple el rol de documentar lo que pasa alrededor de sus creadores. Al que le moleste la realidad que sus artistas dan a conocer, que se descargue con los arquitectos de esa realidad y no con el arte que surge de ella. 

Polimá tiene razón. Trap es cultura.

Andrés Panes

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