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contrabando de ideas sobre música urbana

Liricistas: Amor de mi vida (oda al hip hop)

En los últimos meses, nada me obsesiona tanto como la brecha generacional en la música urbana. Es el primer tema que abordo al recibir a Liricistas en mi casa. De entrada quería hablarles de eso porque justo había visto en sus redes sociales una infografía con estrellas de rap y sus respectivas edades. El menor era Kendrick Lamar, con 31 años. Si mal no recuerdo, el mayor era Dr. Dre, con 53. «Ahora hay raperos más viejos, eso no pasaba, estamos en una época que nunca antes había existido. Eminem tiene 45 años, Ana Tijoux tiene 41, no sé qué edad tienen el Seo o el Zatu, pero deben andar por ahí», comenta Piter, sentado en el suelo de mi pieza enrolando un caño.

«Nosotros vamos a ser viejitos raperos también», asegura. Al lado suyo, Benja también imagina ese futuro: «Vamos a mantenernos activos, vamos a reinventarnos. ¡Quizás de qué vamos a rapear!». Piter le sigue el hilo: «Yo cacho que vamos a ser como esos rockeros viejos que suben al metro con sus poleras negras». Al únisono, el par de MC’s maipucinos corea un risueño, vehemente y extendido «sí». Están de acuerdo en lo que quieren.

Como los integrantes de Liricistas rozan la treintena, lo que plantean no parece tan lejano ni disparatado. «El asunto de la edad ha sido todo un tema. La otra vez hablé con mi mamá y me dijo que se encontró con una amiga suya que también tenía un hijo rapero, pero ahora el cabro “ya no anda vestido de rapero porque tiene que ir a reuniones de apoderados” y, puta, ¡yo voy a reuniones de apoderados vestido de rapero! Siempre me voy a vestir así porque yo me dedico a esto», sentencia Piter. Por la pinta y por la popularidad de su música, le pregunto si en la escuela lo reconocen: «Sí po, de repente se me acercan apoderados a la salida y me dicen “oye, a mi hijo mayor le gusta caleta Liricistas, ¿nos podemos sacar una foto?”».

A Piter lo conocí cuando entró a estudiar periodismo en la USACH mientras yo cursaba el último año de la carrera. Eso fue a comienzos de esta década y Liricistas ya era un nombre connotado en aquel entonces. Recuerdo que nos volamos en los pastos de Humanidades conversando sobre sus experiencias en el rap chileno y las mías en prensa musical. Yo juraba que Piter, con lo despierto que es, la iba a romper como periodista, pero ahora me entero de que la universidad puso trabas que lo forzaron a elegir entre estudiar y trabajar: «En ese tiempo teníamos una revista y yo se la llevaba a la profe. Le decía “mire, esta revista es mía, yo estoy ejerciendo, estoy haciendo periodismo”. La profe me miraba y me decía “mi ramo no es que hagas una revista”. En la universidad, querían que estuviéramos cien por ciento dedicados a la carrera, pero no se puede, tendríamos que haber dejado todo tirado. Por eso en los petitorios de las protestas siempre era tema que no se pudiera tener un trabajo con los horarios que te daban». A Benja le pasó lo mismo en una privada.

Por mi lado, la experiencia que tuve en la USACH fue similar a la de Piter. No faltaba el profe buena tela que se alegraba al saber que un alumno era editor de una revista en papel couché, la vieja y querida Extravaganza!, pero había otros que no estaban ni ahí e incluso reaccionaban con hostilidad. «¿Cuál es tu pituto ahí? », me preguntó más de un viejo picota sin cachar que yo me mataba viviendo en La Florida, estudiando en Estación Central y trabajando en Providencia. Era una rutina brígida y los horarios de la universidad no ayudaban a sobrellevarla, sino que parecían diseñados para boicotear cualquier proyecto más allá de las aulas. Difícil motivarse con los estudios así. De forma natural, fui perdiendo interés en ir a clases de materias arcaicas que me resultaban totalmente inútiles, para remate dictadas por gente que no tenía la más puta idea sobre el mundo en el que yo me estaba desenvolviendo. Si terminé mis ramos fue por insistencia de mi vieja, y ni hablar de hacer la tesis porque ya me habían invitado a ser crítico musical de El Mercurio a esas alturas.

Enfrentado a la dificultad de compatibilizar universidad y trabajo, yo también preferí el oficio antes que el cartón, así que me siento muy identificado con Liricistas. Como personas que dedican gran parte del día a escribir, con Piter pensamos lo mismo sobre periodismo en la USACH: más allá de la oportunidad de conocer gente, lo único que nos sirvió de verdad para nuestra vida cotidiana fueron las clases de redacción.  «Al momento de hacer un tema, sigo aplicando lo que aprendí ahí, trato de no repetir las palabras, de buscar sinónimos», comenta sobre las horas que pasó con el mismo profe que tuve yo. Pensando en ‘Gucci Gang’ de Lil Pump, le digo que ese arte parece ir en retirada dentro de la música urbana:  «Es que las palabras repetidas se vuelven más fáciles de aprender, por eso caleta de canciones actuales lo único que hacen es repetir. “Kush, kush kush”, ¿cachai? Igual encuentro bueno a Bad Bunny, es un genio».

Aunque Piter habla con aprecio del solista boricua y de otras luminarias urbanas muy vigentes, como el interesantísimo Pablo Chill-E, percibo que lo hace desde cierta distancia. Volvemos, entonces, a la problemática generacional que tanto me interesa: «El Zatu dice en una letra antigua que dedicarse a esto a los treinta es ser valiente. Ahora yo tengo esa edad, pero creo que eso de pensar en retirarse joven es algo muy propio de la gente que ve el rap como un juego, como una pelea. Llegar, masacrarlos a todos y salirse. Como cuando 50 Cent peleó con Kanye para ver quién vendía más discos en una semana». Intervengo para señalar que 50 Cent le dijo «no puedes ser el mejor rapero a los 47 años» a Jay-Z cuando apareció “4:44”. Pasamos al rollo de los beefs: «Aquí es difícil que ocurra algo así porque vivimos realidades distintas. Los gringos aman el entertainment, lo tienen en su cultura, la tele, lo bombástico, los personajes, las rivalidades».

Certero, Benja apunta que la agresividad en Chile se manifiesta de otras formas: «Recuerdo tocatas en las que los locos se agarraban a combos de repente, tocatas que terminaban en botellazos y locos a guata pelada gritando “y qué pasa conchetumare”, hueones choros y caleta de copete. Allá en Maipú de la plaza de los cañones pa’ abajo teniai que salir corriendo». Si acá el rap no es un juego como en Estados Unidos, ¿entonces qué es? Piter no duda un segundo y responde con firmeza: «Es música, hermano, a nosotros nos gusta verlo así. Espero seguir a los sesenta arriba de un escenario haciendo música, cachai. Ojalá sea una cuestión que me siga prendiendo. El rap para nosotros es eso, no es tanto una confrontación o una competencia, sino que es un arte. El hip hop es una forma de vida. Quizás no estoy rapeando todo el día, pero igual trato de comportarme hiphoperamente por la vida, con los demás. Yo creo que ser hip hop es ser humilde, ser integrador, ser educado, compartir lo que uno sabe. Es la forma en la que uno enfrenta las cosas».

Interrumpo la conversación para escuchar bien fuerte el tema en el que siempre pienso cuando imagino una vejez en la música: ‘B boy hasta la muerte’ de El Maese KDS. La vez que estuve aquí mismo con los Mente Sabia, otro nombre que enaltece a la escena del rap chileno, también pensé mucho en esa canción y en las intenciones que expresa su letra: «Y si el alzhéimer llega a hacer que olvide mis canciones / seguiré siendo el puto rey de improvisaciones (…) Y a los nietos les contaré batallas a capella / seré un abuelo de la vieja escuela». Me pone la piel de gallina ‘B boy hasta la muerte’. Apenas se termina, Liricistas me contesta con otro clásico que escalofría, ‘La enfermedad’ de H Mafia, cuya letra habla sobre prendarse del hip hop desde la niñez.

El paréntesis musical nos deja a los tres sumidos en una indescriptible y honda melancolía (¿saudade?) que Piter asocia con su infancia: «Me emocioné caleta, hermano, cachai que yo antes tenía la sensación de estar yendo contra todo y contra todos. Una sensación que no sabía si estaba bien o si estaba mal, pero yo la tenía siempre. Recuerdo estar en mi pieza escribiendo letras y que mi vieja entrara a retarme. “¡Tenís los cuadernos llenos de letras, no te veo estudiar nunca!”. Y yo: “pero es la hueá que me gusta”. Ahora mi papá tiene a Liricistas de fondo en el celular».

Benja complementa: “Al mismo tiempo en que peleábamos contra eso, fueron dándose cosas que demostraron que íbamos bien encaminados, como la primera vez que fuimos de gira. Salíamos los jueves, volvíamos los lunes y teníamos un ingreso fijo. Ahí nos dijeron por primera vez en nuestras casas “oye sí, esto de la música puede ser”, y empezaron a sumarse cosas, apareció BOA, apareció Potoco (sus sellos en España y Chile, respectivamente). Así se fue validando lo que nosotros queríamos hacer».

Mientras los escucho, pienso en una canción de Erykah Badu que le daría un título perfecto a un texto sobre Liricistas, un par de románticos que se enamoraron perdidamente del hip hop y que han invertido años de su vida en la persecución de su sueño mientras le dan cara a la cruda realidad con una actitud mental positiva: «Uno siempre se está enfrentando a cosas, nosotros tratamos de reflejar eso en la música. Quizás ya no luchamos contra algo, pero sí luchamos por algo, por el mensaje, por la música, por el respeto, por decir las cosas con cariño, por hacer comentarios en buena onda. ¿Por qué tanta mala onda, hermano? ¡Hay tanta mala onda que llega a dar risa!».

Andrés Panes

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