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Gianluca, un año después

Foto: Daniela Beltrán 

Considerando lo lentas que son las cosas en Chile para los músicos nuevos, la carrera de Gianluca ha ido bastante rápido. Como punto de referencia para medir su avance, tengo la tarde que pasamos en mi casa en julio del 2017, cuando su música todavía no llegaba a Spotify y ‘Siempre triste’ aún tenía olor a nuevo. En esta segunda visita, un año después, advierto una serie de cambios. Ahora anda con ropa vistosa y dispone de menos tiempo en su agenda. Además, lo acompaña una temperamental asistente/amiga que me pide cambiar «el punchi punchi» (un DJ set de Peggy Gou) apenas llega y que un par de horas después exige con fastidio que escuchemos «cualquier otra cosa que no sea trap». Yendo a lo medular, antes no había un status del que hablar con Gianluca y ahora sí. En el artesanal medio chileno, es una verdadera estrella en ascenso.

Independiente de lo que consiga a futuro, ya lo considero un genio. Siento que tiene el ki por los cielos: onda y sustancia en cantidades industriales y milagrosamente equilibradas. Las casi tres horas que pasó detallándome su visión la primera vez que vino me lo dejaron claro. Detrás de cada pequeña cosa que hace hay una explicación con capas y capas de profundidad. Aparte, es un tipo informado y deseoso de promover a otros. Cuando terminó de contarme sobre su proyecto personal, un diálogo que se hubiese convertido en texto de no ser por un inoportuno virus, nos pegamos una maratón de videos de trap que reconfiguró mi página de inicio de YouTube. Lo mejor que me recomendó ese día fue Playboi Carti. Cada vez que escucho ‘Magnolia’, me acuerdo de Gianluca vacilándola e invitándome a apreciar la simpleza del beat.

Su entusiasmo musical no ha menguado. La selección de canciones de esta nueva junta vuelve a correr por su cuenta. Son temas que le gustan, se sabe absolutamente todas las letras. Una porción considerable del menú es chilena: Pablo Chill-E, Princesa Alba y Polimá WestCoast, por nombrar algunos. Como sé que inevitablemente acabaremos igual que la vez anterior, muy volados y hablando de otros cultores del trap (y así fue), empiezo en lo particular y le pregunto cuál es el espacio que cree ocupar dentro de un fenómeno en plena expansión. Reconoce que ya sopesó el asunto: «Es trap alternativo, por ponerlo de una forma clara. Si bien mi música está basada en el trap y en ritmos latinos como el reggaeton, mis letras no dicen lo que dice el trap generalmente. Es más bien un anti trap, algo más cercano a lo que soy yo, una persona normal».

Su enfoque envía una crítica a los primeros exponentes locales del género: «Eran muy copia. Lo que hacían no tenía nada que ver con la realidad de acá, ni siquiera con la realidad de ellos. Era una chacota, como un meme, más que nada replicar lo de afuera». Hacer lo contrario ha sido clave en su involuntario posicionamiento como el trapero favorito de los que no escuchan trap: «La potencia que puede alcanzar lo que hago tiene que ver con eso, con el contenido, con decir cosas como “te quiero comprar un regalo, pero no tengo plata”. Creo que ‘Siempre triste’ y ‘Bart’ reflejan algo que está ahí, en cierta juventud santiaguina que tiene las mismas sensaciones y que se identifica con cuestiones cotidianas. Yo canto de cosas que me han pasado, de vivencias normales. Onda, tengo un reggaeton, pero habla de amor platónico».

La entrañable ‘Siempre triste’ no pudo haber sido una mejor carta de presentación. Como lo más cercano a un hit en su repertorio, con medio millón de visitas en YouTube y la misma cantidad de reproducciones en Spotify, la canción le ha provocado sensaciones encontradas. Cuando lo conocí, estaba francamente chato de ella y eso que apenas habían pasado un par de meses desde su lanzamiento. Hoy su valoración es distinta: «En un tiempo como que me pateó un poco. Quería pasarla, superarla, pero me pone contento que siga estando viva en las tocatas, siento que suena fresca. Con el tiempo me ha ido gustando más. Todavía hay gente que la viene descubriendo. No sé si pensaba que iba a ser tan bien aceptada».

Cómodo en el espacio que le abrió ‘Siempre triste’, ahora se presenta como un narrador de lo mundano enfocado en darle un necesario giro local a un estética foránea. Como sé que es un observador del trap estadounidense, le pregunto si imagina a futuro una escena similar en Chile, con personajes tan controversiales como 6ix9ine o Tay-K. Lo descarta: «Hay cosas que sólo se permiten y sólo funcionan en la cultura gringa. Hay que verlas en su contexto. Ahora está de moda el pelo de color, tener temas con nombres raros y que todo sea ruidoso, y de más que después va a salir un hueón con el ojo tatuado por dentro y va a sacar un video en WorldStar y va a ser la patá. Pero allá todo cambia demasiado rápido. Muchas de esas cosas pasan y se vuelven información de la cultura enferma gringa».

Aunque en la transcripción completa de este diálogo aparece 93 veces la palabra «trap», conocer a Gianluca el año pasado me dejó claro que lo suyo no se limita puramente a una línea. Veo muy probable que se dedique a otros estilos en el futuro, aunque me parece comprensible y astuto que ahora no hable tanto al respecto porque tiene que cosechar lo sembrado. De todos modos, sus inquietudes se translucen en decisiones como sumar al guitarrista Franco Perucca (El Cómodo Silencio de los que Hablan Poco, Patio Solar) a su banda en vivo o trabajar actualmente con Pablo Stipicic (Electrodomésticos, Fernando Milagros). Ambas son consecuencias de haber colaborado con proyectos alejados del trap como Ablusión y Rubio.

Mi percepción no se condice con el tratamiento que recibe en ciertos medios. Cito como ejemplo la entrevista que le hizo Ignacio Franzani en la Radio Música Chilena de la SCD, en la que el periodista, pese a su interés y sus buenas intenciones, le habla como si fuese el portavoz del trap, el delegado de todo un movimiento. Leída entre líneas, esa forma de abordarlo me parece reduccionista. Limita al artista y al género y, de paso, se me hace muy reveladora de la brecha generacional que el surgimiento del trap ha puesto en evidencia. Me recuerda lo que le pasaba en sus inicios a Gepe, cuando trataban de asignarle la representación de terceros sin saber que estaban ante un artista poliédrico y resistente a las categorías.

«Prefiero ser el vocero de lo que yo mismo hago», comenta al respecto, consciente de que el público que lo sigue aún es minoritario y de que su música todavía suena marciana para muchos. Incluso descoloca a un autodenominado experto en música urbana latina como el periodista Rodrigo Ruiz, quien publicó el 4 de marzo una columna en La Cuarta titulada “Hay que encontrar el foco”, en la que critica sus letras por ajustarse poco al canon superficial y capitalista de los exponentes caribeños. Franzani, por último, hace el esfuerzo de entender lo que tiene al frente en vez de someterlo a una obtusa lectura que únicamente atiende a lógicas comerciales.

Lo cierto es que Gianluca no busca ser emblema de nada: «Es fome que digan trap y piensen en mí como si yo fuese cualquier cosa genérica. Acá de repente todavía no se entiende mucho al nivel de los periodistas, la tele y los diarios, pero en algún momento se tienen que poner al corriente porque no pueden echar todo en la misma bolsa, hay que diferenciar. Yo no soy lo mismo que Nación Triizy y Nación Triizy no es lo mismo que Pablo Chill-E. Lo que pasa es que aquí esto está muy en pañales». Por lo mismo, nunca le gustó que lo apodaran El Príncipe del Trap: «No tiene sentido mientras no haya un trono».

En su diagnóstico, el despegue del trap coincide con la caída de su antecesor: «El rap perdió fuerza porque se quedó en la idea y en el ideal. Con el tiempo, el rapero pasó a ser una figura que está por encima del resto, eso fue lo que me alejó. El rap se basa demasiado en el mismo rap. Si escucho un tema de Portavoz es como puta, bacán, en un tiempo esto me motivó, pero ya no me causa mucho. Prefiero a Frank Ocean, que me genera cosas por dentro y me transporta, antes que a alguien rapeándome sobre la realidad o haciendo juegos de palabras. Con poco se puede decir mucho, y hay otras cosas que importan más allá de tener letras políticas, que es algo que no sé si genera algún tipo de cambio al final». La obsolescencia sería producto del estancamiento: «En cuanto a sonido y contenido estético, el rap chileno se quedó pegado. Igual es un estilo muy importante, no creo que muera ni que deje de ir gente a las tocatas. Va a ser como el rock».

Cuando dice que el rap es el nuevo rock, está citando a uno de sus artistas de cabecera, Kanye West. Aunque muchas veces las entrevistas del estadounidense rayan en lo delirante, considera que su palabra es ley: «La generación que vino después de “Yeezus” adoptó esa mentalidad. Si miras a Lil Uzi Vert o Playboi Carti, son súper rockstars». Yo también suscribo a esa teoría. Después de todo, ídolos de esta era como los fallecidos XXXTentacion y Lil Peep dedicaron sus energías a la reivindicación de corrientes como el emo o el pop punk, dándolas a conocer entre millones de jóvenes que ya no le prestan atención a las guitarras eléctricas.

Según Gianluca, en este momento nada escapa de los tentáculos del trap: «Ahora está más vigente que nunca. Con los puertorriqueños se hizo mainstream y empezó a sonar en todas partes. No es raro escuchar el hit hat, el 808, el snare. Se hizo una fórmula medio popera que arrasó con todo». Para que la vieja guardia no se espante ni se quede atrás, un consejo: «El trap es el post rap, entonces yo siento que si erís rapero y te gusta la volá y la cultura, tenís que seguirle un poco la pista. Y como el trap es el post rap, todo lo lleva al extremo, es más capitalista, es más ignorante, pero también toma más riesgos y es menos cerrado».

Andrés Panes

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